La vi. Caminaba como si no hubiese nada a su alrededor, mirando el piso. Venía con Ailén, y su novia. La saludé con un abrazo enorme, después a Ailén, y luego hubo un episodio algo gracioso y nervioso con la novia de Ailén. Empezamos a hablar, y nos dejaron solas. No sabía qué decir, no me salían temas de conversación. Simplemente me reía, típico de mi nerviosismo. Quería darle un beso y comprobar de una vez por todas qué era lo que me estaba pasando, pero convengamos que dar el primer beso, y menos a una persona que sé que no le gustan las chicas, no es mi fuerte. Hablábamos de la banda, de los cortes y no-cortes, de cómo estábamos, hasta que le dije que venga conmigo a donde estaban mis amigas y pasemos el recital juntas. No sé de dónde saqué la valentía.
Estaba por empezar, y me pidió que le ate el pañuelo en la muñeca, y la miré a los ojos. Ahí entendí todo. Entendí por qué estaba ahí con ella, por qué la estaba mirando, y por qué quería seguir mirándola. Me pasaban cosas muy fuertes con ella. Cuando empezó el recital, nos dimos la mano para no perdernos, pero entre el movimiento de gente, la perdí y no volví a verla ese día. Así de efímero fue. Y sin embargo, eso bastó para tener la certeza de que me estaba enamorando.
Pasaron exactamente 11 días en los que hablábamos muchísimo más que antes, en donde había muchísima confianza, y buenos tratos. Y yo me moría por dentro. Tenía ese "me gustas" atragantado. Hasta que el 14 de noviembre, todo cambió.

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